Cuando el Desierto Viene a Ti

Cuando el Desierto Viene a Ti

Jesús llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: “Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame.”
Marcos 8:34

En los primeros días de la Cuaresma, es apropiado que nosotros, como cristianos, consideremos las prácticas que podríamos adoptar en observancia de este tiempo santo. Al hacerlo, en consonancia con la metáfora principal de la Cuaresma, optamos por entrar en un desierto espiritual–es decir, cualquier lugar de desafío, aprendizaje o vulnerabilidad–donde podamos crecer.

Las prácticas que elegimos para la Cuaresma reflejan y refuerzan esos momentos en los que nos entramos por voluntad propia en el terreno salvaje de la vida. Lo hacemos, me parece, cuando sabemos que ha llegado el momento de hacer un cambio. Tal vez estemos preparados para afrontar algo que hemos estado evitando o para dar el primer paso hacia la reconciliación. Tal vez haya llegado el momento de hacer las paces con una parte de nuestro pasado que no deja de resurgir en nuestra mente. También puede ser la llamada de una aventura anhelada, o una voluntad renovada de arriesgarnos por amor, tal vez negado durante tanto tiempo que hemos olvidado lo que se siente al dar un paso hacia el deseo de nuestro corazón.

A decir verdad, una parte de nosotros preferiría quedarse donde estamos, pero vamos al desierto de todos modos, porque sabemos que ha llegado el momento. Una forma de ver la Cuaresma es como una oportunidad para practicar la vida en el desierto, aceptando o abandonando voluntariamente algo para desarrollar los músculos de la vida en el desierto, de modo que estén ahí cuando los necesitemos.

Eso es todo para el bien, y como resultado seremos más fuertes.

Pero hay otro lado de la Cuaresma que normalmente sale a medida que pasan los días y las semanas. Tiene menos que ver con nuestras prácticas espirituales y más con cómo es la vida cuando el desierto viene a nosotros. Ocurre cuando nos acordamos de las luchas que siempre nos acompañan, justo debajo de la superficie, como la famosa “espina en la carne” del apóstol Pablo, que nunca lo abandonó sin importar cuántas veces oró a Dios para obtener alivio. O tal vez se trata del resurgimiento de una pena con la que creíamos haber hecho las paces hace tiempo. Tal vez ocurra algo que nos deje sin aliento y nos recuerda nuestra mortalidad. O el sufrimiento de este mundo nos golpea de un modo que no podemos evitar y nos preguntamos cuánto tiempo puede resistir el corazón humano.

Estas experiencias cuaresmales reflejan y refuerzan los momentos del desierto en la vida en los que no hay otra opción. En un instante, la vida tal como la conocíamos desaparece. Suena el teléfono con noticias que no esperábamos. La salud que hemos dado por sentada falla. Una mañana nos presentamos en el trabajo solo para que nos muestren la puerta. Muere un ser querido.

A diferencia de las disciplinas de incomodidad elegidas, el desierto que se nos presenta es desorientador, humillante y, a menudo, muy solitario. Seguimos buscando a nuestro alrededor aquello con lo que normalmente contamos, sugiere la predicadora Barbara Brown Taylor, y nos encontramos con las manos vacías.

Cuando llega el desierto, nuestra primera tarea es aceptar que estamos allí, lo cual no es fácil. Pero debemos aceptarlo, porque no podemos abrirnos camino a través de él si no reconocemos dónde estamos.

Este domingo, en la iglesia, escucharemos a Jesús decir a sus discípulos que, si quieren seguirlo, deben tomar su cruz. Lo que llama la atención es la visión realista de Jesús sobre el sufrimiento, no sólo como parte de la vida, sino como una dimensión esencial del camino espiritual. Él asume que todo el mundo tiene una cruz que llevar, y la única cuestión es si nos opondremos a ella o elegiremos llevarla con un mínimo de gracia, aceptándola como nuestra y encontrando la vida que trae.

En el misterio de la fe, hay buenas noticias, aunque “buenas” no es una palabra que utilizaríamos para describir la experiencia, al menos no al principio. Y nos hacemos un gran perjuicio cada vez que descuidamos el dolor que implica aceptar algo que hubiéramos dado cualquier cosa por evitar.

Estas experiencias en el desierto pueden llegar en cualquier momento. El tiempo de Cuaresma está destinado a darnos la gracia y la perspicacia necesarias para abrirnos camino a través de ellos. El primer paso es siempre la aceptación. Cada Cuaresma, independientemente de lo que ocurra en mi vida, me encuentro cara a cara con las cruces que todavía me cuesta aceptar. No puedo decir que me alegro, pero estoy agradecida por los recordatorios semanales en la iglesia de que no estoy sola.

Con cualquier cruz que estés luchando por aceptar, recuerda que tú tampoco estás solo en el desierto que no elegiste. Atrévete a confiar en que la gracia de Dios no sólo te sostendrá, sino que honrará tu sufrimiento y te ayudará a transformar la pérdida que experimentas en una forma de vida. Es más, otros sabrán algo de la gracia y el amor de Dios a través de ti, debido a cómo estás siendo cambiado a la semejanza de Cristo en el desierto que te ha llegado.

When the Wilderness Comes to You

When the Wilderness Comes to You

Jesus called the crowd with his disciples, and said to them, “If any want to become my followers, let them deny themselves and take up their cross and follow me.”
Mark 8:34

In the early days of Lent, it’s fitting for us as Christians to consider the practices we might take on in observance of this holy season. In doing so, in keeping with Lent’s primary metaphor, we choose to enter a spiritual wilderness—that is, any place of challenge, learning, or vulnerability—where we might grow.

Our chosen Lenten practices reflect and reinforce those times when we enter life’s wilderness terrain of our own accord. We do so, it seems to me, when we know that it’s time to make a change. Perhaps we’re ready at last to face something we’ve been avoiding, or be the one to make the first move toward reconciliation. Maybe the time has come to make peace with a part of our past that keeps resurfacing in our mind. It could also be the beckoning of a longed-for adventure, or a renewed willingness to take a risk for love, perhaps so long denied that we’ve forgotten what it feels like to step toward our heart’s desire.

Truth be told, a part of us would rather stay where we are, but we go into the wilderness anyway, because we know that it’s time. One way to think of the season of Lent, then, is as an opportunity to practice going into the wilderness, willingly taking on or letting go of something in order to build up our wilderness muscles, so that they’re there for us when we need them.

That’s all for the good, and we will be stronger as a result.

But there is another side to Lent that typically surfaces as the days and weeks go on. It has less to do with our spiritual practices and more with what life is like when the wilderness comes to us. It happens whenever we’re reminded of the struggles that are always with us, just below the surface, much like the Apostle Paul’s famous “thorn in the flesh,” that never left him no matter how often he prayed to God for relief. Or perhaps it comes through the resurgence of grief that we thought we had made peace with long ago. Maybe something happens that leaves us gasping for breath, and we’re reminded of our mortality. Or the suffering of this world hits home in a way that we can’t shake and we wonder how long the human heart can endure.

These Lenten experiences reflect and reinforce the wilderness times in life when there is no choice involved. Seemingly in an instant, life as we knew it is gone. The phone rings with news we weren’t expecting. The health we’ve taken for granted fails. We show up for work one morning only to be shown the door. A loved one dies.

Unlike disciplines of chosen discomfort, the wilderness that comes to us is disorienting, humbling, and often very lonely. We keep looking around for what we normally count on, suggests the preacher Barbara Brown Taylor, and come up empty.

When the wilderness comes, our first task is to accept that we are there—which is not easy. But accept we must, for we cannot make our way through it if we don’t acknowledge where we are.

In church this Sunday, we’ll hear Jesus tell his disciples that if they want to follow him, they must take up their cross. What’s striking is Jesus’ matter-of-fact view of suffering, not only as a part of life, but as an essential dimension of the spiritual path. He assumes that everyone has a cross to bear, and so the only question is whether we will rail against it or choose to carry it with some modicum of grace, accepting it as our own and finding the life it brings.

In the mystery of faith, there is good news here, although “good” isn’t a word that we would use to describe the experience, at least not at first. And we do ourselves a huge disservice whenever we gloss over the pain involved in accepting something we would have given anything to avoid.

Such wilderness experiences can come any time. The season of Lent is meant to give us the grace and insight to make our way through them. The first step is always acceptance. Every Lent, no matter what else is happening in my life, I am brought face to face with the crosses that I still struggle to accept. I can’t say that I’m glad, but I’m grateful for the weekly reminders in church that I’m not alone.

With whatever cross you are struggling to accept, remember that you, too, are not alone in the wilderness you did not choose. Dare to trust that God’s grace will not only sustain you, but honor your suffering and help transform the loss you experience into a way of life. What’s more, others will know something of God’s grace and love through you, because of how you are changed being into Christ’s likeness in the wildness that has come to you.

The Fast You Need

The Fast You Need

I invite you, therefore, in the name of the Church, to the observance of a holy Lent…
Ash Wednesday Liturgy, Book of Common Prayer

I once heard a man say that for Lent he was giving up chocolate and catastrophic thinking. A creative combination, I thought to myself, not knowing if he was serious. In those years, it was common to make light of Lenten disciplines and critique those thought to be superficial or self-absorbed. What he said obviously stuck with me, as I continue to ponder what kind of thinking I might let go of.

In those same years, a married couple I admired consciously chose each Lent what their fast would be. They would abstain from alcohol, or meat, or sugar, gently advising all who came into their home during Lent what would not be served. Their practice was intentional, focused on physical health, and yet also deeply spiritual. They did it together. As Lent approaches, I think of them.

Fasting––typically understood as abstaining from food—is one of the suggested spiritual practices for Lent, the forty-day season that begins next week, patterned after the time Jesus spent fasting in the wilderness. I confess that I’ve never been much good at fasting, because it’s hard, and life feels hard enough.

There’s been a resurgence of interest in fasting in both secular and religious circles. Doctors tell us of the health benefits of periodic fasting. Churches, notably those that do not follow the liturgical calendar, have discovered the power of communal fasting. For a season, they encourage their members to collectively abstain from food for at least part of each day. During that time, they gather online early in the morning to pray. I admire the intentionality of their practice and its communal nature—much like our Muslim neighbors collectively fast during Ramadan and our Jewish neighbors on Yom Kippur. For some people, I should note, such practices are not advised, for health or other reasons. Those exemptions are universally acknowledged across religious traditions.

There are other forms of fasting, of course. This year Washington National Cathedral is offering an online gathering to discuss the book A Different Kind of Lent: Feeding Our True Hungers. The course description spoke to my heart:

As we fast from rushing, planning, being strong, holding it all together, seeking certainty, and control, we can softly reorient ourselves toward that which nourishes and fulfills us, during the Lenten season and beyond. Join us in letting go and making more internal space to listen to the sacred whispers of our lives.

All our congregations extend a similar invitation to “take something on” during Lent in a communal setting, either in person or online. It’s worth making time for, if you can, so as to give the Holy Spirit space to move in ways you might otherwise miss. There is power in taking on Lent together.

I’m intrigued by the interplay between “taking something on” and “giving something up” in Lent. Both have the potential to open our hearts and draw us closer to Christ.

In his book From Strength to Strength, Arthur C. Brooks tells of a conversation he had with an expert on Asian art while visiting the National Palace Museum in Taiwan. As they stood before a large jade carving of the Buddha, his guide commented that it was a good illustration of the differences between the Eastern and Western views of art. The Western world view typically begins with an empty canvas needing to be filled. “In the East,” he said, “we believe that the art already exists and our job is simply to reveal it. It’s not visible because we add something, but because we take away the parts that are not the art.”

Brooks uses the image of “chipping away” as encouragement for us to release our inner hold on those things we have accumulated that we imagine define or represent who we are—our possessions and accomplishments, even certain experiences and relationships. “We need to chip away the jade boulder of our lives until we find ourselves.”

It’s another way to think about fasting: What am I doing that I don’t need to do anymore? What can I let go of that’s weighing me down? What clutter—external or internal—might I clear away in order to make room for what might align me more closely with God?

Conversely, sometimes we need to add something to our lives, as simple as a walk each day, a good book discussion or learning experience, or a weekly gathering at church. Given how busy our lives can be, making room for such meaningful endeavors involves letting go of something else.

I’ve decided to face my struggle with fasting by joining an online class entitled The Open Palm: Exploring the Spiritual Tool of Fasting. And in my prayers, I’m asking God to show me the fast that I need, so that I might chip away at those things that keep me from my true self and life in Christ.

Lent is, at heart, a season of repentance—acknowledging where we have gotten lost and attempting to reorient our lives back to what matters most. I wonder what you might consider taking on or letting go of this Lent. What is the fast you need?

El Ayuno Que Necesitas

El Ayuno Que Necesitas

Los invito, pues, en nombre de la Iglesia, a la observancia de una santa Cuaresma…
Liturgia del Miércoles de Ceniza, Libro de Oración Común

Una vez oí a un hombre decir que para la Cuaresma renunciaba al chocolate y al pensamiento catastrófico. Una combinación creativa, pensé, sin saber si hablaba en serio. En aquellos años, era habitual tomar a la ligera las disciplinas cuaresmales y criticar las que se consideraban superficiales o ensimismadas. Obviamente, lo que dijo se me quedó grabado, ya que sigo reflexionando sobre qué tipo de pensamiento podría dejar de lado.

En aquellos mismos años, un matrimonio al que admiraba elegía conscientemente cada Cuaresma cuál sería su ayuno. Se abstenían del alcohol, la carne o el azúcar, e informaban con delicadeza a todos los que entraban en su casa durante la Cuaresma de lo que no les servirían. Su práctica era intencionada, centrada en la salud física, pero también profundamente espiritual. Lo hacían juntos. Al acercarse la Cuaresma, pienso en ellos.

El ayuno–típicamente entendido como abstenerse de comer–es una de las prácticas espirituales sugeridas para la Cuaresma, la temporada de cuarenta días que comienza la próxima semana, siguiendo el modelo del tiempo que Jesús pasó ayunando en el desierto. Confieso que nunca se me ha dado bien ayunar, porque es duro, y la vida ya es bastante dura.

Ha resurgido el interés por el ayuno tanto en círculos laicos como religiosos. Los médicos nos hablan de los beneficios para la salud del ayuno periódico. Las iglesias, sobre todo las que no siguen el calendario litúrgico, han descubierto el poder del ayuno comunitario. Durante una temporada, animan a sus miembros a abstenerse colectivamente de comer al menos parte de cada día. Durante ese tiempo, se reúnen en línea a primera hora de la mañana para orar. Admiro la intencionalidad de su práctica y su naturaleza comunitaria, del mismo modo que nuestros vecinos musulmanes ayunan colectivamente durante el Ramadán y nuestros vecinos judíos en Yom Kippur. Para algunas personas, debo señalar, estas prácticas no son recomendables, por razones de salud o de otro tipo. Estas exenciones están universalmente reconocidas en todas las tradiciones religiosas.

Hay otras formas de ayuno, por supuesto. Este año, la Catedral Nacional de Washington ofrecera una reunión en línea para discutir el libro A Different Kind of Lent: Feeding Our True Hungers [Un Tipo de Cuaresma Differente: Alimentando Nuestras Verdaderas Hambres]. La descripción del curso me llegó al corazón:

Cuando dejamos de apresurarnos, de planificar, de ser fuertes, de tenerlo todo controlado, de buscar la certeza y el control, podemos re-orientarnos suavemente hacia aquello que nos nutre y nos llena, durante el tiempo de Cuaresma y más allá. Únete a nosotros para dejar ir y hacer más espacio interno para escuchar los murmullos sagrados de nuestras vidas.

Todas nuestras congregaciones hacen una invitación similar a “emprender algo” durante la Cuaresma en un entorno comunitario, ya sea en persona o en línea. Merece la pena dedicarle tiempo, si puedes, para dar espacio al Espíritu Santo para que se mueva de maneras que de otro modo podrías pasar por alto. Asumir juntos la Cuaresma tiene su fuerza.

Me intriga la interacción entre “asumir algo” y “renunciar a algo” en Cuaresma. Ambas tienen el potencial de abrir nuestros corazones y acercarnos a Cristo.

En su libro From Strength to Strength [De Fuerza en Fuerza], Arthur C. Brooks relata una conversación que mantuvo con un experto en arte asiático durante una visita al Museo del Palacio Nacional de Taiwán. Ante una gran talla de jade de Buda, su guía comentó que era un buen ejemplo de las diferencias entre la visión oriental y occidental del arte. La visión occidental del mundo suele empezar con un lienzo vacío que hay que llenar. “En Oriente”, dijo, “creemos que el arte ya existe y nuestro trabajo consiste simplemente en revelarlo. No es visible porque añadamos algo, sino porque quitamos las partes que no son el arte”.

Brooks utiliza la imagen del “desprendimiento” como estímulo para que nos liberemos de las cosas que hemos acumulado y que imaginamos que definen o representan quiénes somos: nuestras posesiones y logros, incluso ciertas experiencias y relaciones. “Tenemos que romper la roca de jade de nuestras vidas hasta que nos encontremos a nosotros mismos”.

Es otra forma de pensar en el ayuno: ¿Qué estoy haciendo que ya no necesito hacer? ¿Qué puedo dejar ir que me está agobiando? ¿Qué desorden–externo o interno–podría eliminar para dejar espacio a lo que podría alinearme más estrechamente con Dios?

Por el contrario, a veces necesitamos añadir algo a nuestras vidas, tan sencillo como un paseo diario, una buena discusion sobre un libro o una experiencia de aprendizaje, o una reunión semanal en la iglesia. Dado lo ajetreadas que pueden llegar a ser nuestras vidas, dejar espacio para esas iniciativas significativas implica renunciar a algo más.

He decidido afrontar mi lucha con el ayuno uniéndome a una clase en línea titulada The Open Palm: Exploring the Spiritual Tool of Fasting [La palma abierta: Explorando la Herramienta Espiritual del Ayuno]. Y en mis oraciones, le estoy pidiendo a Dios que me muestre el ayuno que necesito, para que pueda desmenuzar aquellas cosas que me alejan de mi verdadero yo y de la vida en Cristo.

La Cuaresma es, en el fondo, un tiempo de arrepentimiento: reconocer dónde nos hemos perdido e intentar reorientar nuestras vidas hacia lo que más importa. Me pregunto qué podrías considerar asumir o dejar ir esta Cuaresma. ¿Cuál es el ayuno que necesitas?

The Mystery of Healing

The Mystery of Healing

The Lord is the everlasting God, the Creator of the ends of the earth. He does not faint or grow weary; his understanding is unsearchable. He gives power to the faint, and strengthens the powerless. Even youths will faint and be weary, and the young will fall exhausted; but those who wait for the Lord shall renew their strength, they shall mount up with wings like eagles, they shall run and not be weary, they shall walk and not faint.
Isaiah 40:28-31

After Jesus and his disciples left the synagogue, they entered the house of Simon and Andrew, with James and John. Now Simon’s mother-in-law was in bed with a fever, and they told him about her at once. He came and took her by the hand and lifted her up. Then the fever left her, and she began to serve them. That evening, at sundown, they brought to him all who were sick or possessed with demons. And the whole city was gathered around the door. And he cured many who were sick with various diseases, and cast out many demons; and he would not permit the demons to speak, because they knew him. In the morning, while it was still very dark, he got up and went out to a deserted place, and there he prayed. And Simon and his companions hunted for him. When they found him, they said to him, “Everyone is searching for you.” He answered, “Let us go on to the neighboring towns, so that I may proclaim the message there also; for that is what I came out to do.” And he went throughout Galilee, proclaiming the message in their synagogues and casting out demons.
Mark 1:29-39

Good morning, dear friends and church family of St. Christopher’s. How blessed I am to be with you in worship once again. I give thanks to God for your life in Christ, the ways you strive to love one another and those whom you encounter in your daily lives. I remember well how at last year’s diocesan convention, we lifted up St. Christopher’s hospital ministry as a shining example of what it looks like when a congregation strives to be a blessing to its community.

Hospitals are places where we go in times of great vulnerability. Those who serve in hospitals deal with pain and suffering on a daily basis. They are often instruments of healing, which is the greatest of human joy. Other times they must face the limitations of their healing powers. They are not strangers to the mystery of death, and the necessary losses we face in life.

I daresay everyone in this sanctuary has experienced illness in the past year, or is praying now for someone who is sick or injured in body or in spirit. Someone here may be living with a chronic illness for which there is no immediate or known remedy. Another may be grieving the death of a loved one whose illness could not be cured.

Inspired by our gospel text for this morning, I’d like to explore with you the nature of Jesus’ healing power as it is described in Scripture and how we can experience his healing now.

“Those who wait for the Lord shall renew their strength,” we heard from the prophet Isaiah. There is certainly a lot of waiting whenever we’re sick or wounded. Waiting for care. Waiting for the pain to ease. Waiting for the body to heal. Waiting for the grace to accept what does not heal.

The gospel text today picks up the narrative of Jesus’ first day of public ministry in the fishing village of Capernaum, not far from Nazareth where Jesus grew up. He had finished teaching in the synagogue—where, as we heard in church last week, he astounded people with his authority and then cast out a demon from a man possessed.

Now we hear that Jesus left the synagogue and went to stay at the home of Simon Peter. We learn that Simon’s mother-in-law was sick with a fever and Jesus healed her.

(As an aside, while the text tells us of Simon’s mother-in-law, nowhere in Scripture is there mention of Simon’s wife. I’ve often wondered about Simon’s wife. Did she die young, leaving Simon to care for his mother-in-law? We don’t know anything about her. We can only surmise that if Simon had a mother–in-law, at some point, he also had a wife.)

Back to the story at hand:

Word got around fast that there was a healer in town. By nightfall the people of Capernaum had brought all who were sick or demon possessed to Jesus. The text tells us that “the whole city gathered at the door” of Simon’s home. There must have been a lot of illness in Capernaum then. Perhaps it was always that way, or maybe there was a particular illness going around. Imagine the scene: all these people lined up outside the house waiting, wanting to be healed, wanting a loved one to be healed.

If you are living with illness or injury now, or caring for someone who is sick, like the people of Capernaum, you have a lot of company. The human species is subject to all manner of physical affliction and spiritual forces wreak havoc on our souls. And you may also know what it’s like to be in the presence of a healer, or to search for healing, sometimes traveling great distances to find someone or something that can ease your suffering, or that of a loved one.

Seen through this lens, it’s striking to note how much of Jesus’ ministry focused on healing the physically sick and casting out demons—casting out, in other words, the spiritual forces that seek to bring us down, such as depression, addiction, and anxiety and rage, to name some of the demons of our time. Healing was not a peripheral dimension of Jesus’ work: he healed people all the time, everywhere he went, and he drew large crowds because of it. People in Jesus’ day wanted to be well as much as we do now. As the living expression of God’s compassion, Jesus walked among them as one who healed.

The immediacy of the healing stories is always striking, and also confusing, for we long for that same immediacy when we are suffering or when a loved one suffers. We can’t help but wonder why healing doesn’t happen for us as quickly and completely as it seems to in the stories of Scripture.

Surely those of Jesus’ time who were not healed by him wondered the same.

For some, the gap in our experience relative to the healing stories of Scripture becomes a chasm they cannot cross over to a life of faith, or it’s the reason they lose faith. We’d be made of stone if we didn’t struggle with the mystery of it all—why some are healed and others are not; why some forms of healing come to us and some do not.

Suffice to say that there is great mystery in healing. While there is much we can do to facilitate our own healing and open ourselves to receive it, we can’t force it. We can do everything right and still get sick. During the height of the Covid pandemic, a clergyperson in our diocese who was, as he told me, “beyond careful” in his efforts not to contract the virus nonetheless spent four nightmarish days in an intensive care unit struggling to breathe.

Conversely, we can indulge in countless careless or self-destructive behaviors, and the natural healing processes will continue working far longer than we have any right to count on them. A dear friend of mine lost his wife to a brain tumor. He said to me, “I treat my body terribly, and I’m still alive. She treated her body like the temple of the Holy Spirit that it was, and now she’s gone.”

Healing is a mystery.

This I know: to experience the presence of the Risen Christ, known to us in Spirit and in truth, in community and in quiet, through the sacraments and Scripture, the kindness of friend and stranger, has healing power. The healing of our broken bodies and wounded souls—whatever the cause—is central to a life in Christ, central to our relationship with Jesus.

Jesus’ healing presence is beyond our control, but it is real. His healing is something we can ask for and open ourselves to receive. But it isn’t magic, and as you well know, it doesn’t spare us from suffering and waiting. It doesn’t exempt us from the responsibility to care for ourselves and our loved ones, and our society. For Christians, the vast disparities in access to health care, and exposure to things that make people sick, is a cause of concern. As the pandemic revealed, painfully so, if one is sick, all are at risk.

I also know that I am most available to the healing presence of Christ when I acknowledge and accept whatever it is that I need healing for or from. This is no small step. The second step, equally important, is to give Jesus authority over my illness or pain. From what I can tell, Jesus’ healing doesn’t depend upon our acknowledging that some things in this world are bigger than we are, or that we consciously ask for his help, but there is something that frees up in us when we accept where we are and what we need. For me it feels like waving the white flag: I’ve done all that I can, and I’m still sick; I’ve worked at everything, and I’m still broken; I am one of the walking wounded. Please, help.

Being healed by Jesus takes many forms. Sometimes that healing comes as a complete release from whatever it was that kept us down, a kind of freedom that we could hardly imagine before we experienced it. I remember a priest saying to me when I was in my mid-twenties and really struggling with some of the deeper wounds of my life, “You are going to love being on the other side of this.” I thought to myself, “I’ll never be on the other side of this.” But he was right. I did reach the other side. And like bones that grow stronger after they are broken, I felt stronger having been healed of what had plagued me for so long.

Sometimes, however, healing comes not through the removal of one’s wounds, but through finding the grace in and through them. This is not what we would prefer, and it takes time to accept, but there is healing, nonetheless. St. Paul writes of this kind of healing in a famous passage from Second Letter Corinthians. Something was not well in Paul’s life. We don’t know what it was; he called it “a thorn in the flesh,” something that hurt him and kept him down. “Three times I appealed to the Lord that it would leave me,” Paul writes, but to no avail. Paul was to live with his frailty, not be spared from it. “My grace is sufficient for you,” the Lord told him, “for my power is made perfect in weakness.” “Therefore I am content with weakness,” Paul concludes, “for whenever I am weak, through the grace of Christ, I am strong.” (2 Corinthians 12:7-10)

Examples of such grace are too many to cite: think of all the people you’ve known or heard about who not only made their peace with their so-called handicaps or limitations, but gained strength through them, and gave strength to others. If given the opportunity to be healed of whatever thorns in the flesh they live with, no doubt they would jump at the chance. But by God’s sufficient grace they still live abundant lives, and so can we, even with our infirmities and wounds. For wholeness of life does not mean perfection, or flawlessness. Wholeness of life means living fully the lives we have been given, striving for health when we can, yet accepting and seeking grace through incompleteness when we must.

Jesus is about the work of deep, transformational healing. There is a necessary waiting involved: those who wait for the Lord will have their strength renewed. We wait, doing what we can see to do, but also realizing that there is a rhythm of working hard and then surrendering to all that lies beyond our ability to control.

Our part in healing others depends on who and where we are. Some among us have the gift of spiritual healing—the ability to bring peace and solace to wounded souls. Some, the gift of physical healing, through medicine and the healing arts. Others have the gift of compassion: providing a meal, visiting those who are sick, or offering needed assistance when others are down. Still others are drawn to the bigger picture: they’re down at the Capitol every chance they get, to press for health-minded public policy. Still others give generously of their resources, so that more in our communities and the wider world are spared the suffering of living with easily-treated, yet life-sapping diseases. I could go on and on.

The amazing thing about all these ways we might help heal another is that healing flows through and among us precisely when we, too, are among the wounded and know it, when we acknowledge our own need for the healing graces of others and of Christ, even as we’re called to extend it ourselves.

In closing then, I invite you to name for yourself an area of your life in need of healing, and to bring that need to Jesus now. He already knows, but there is something about acknowledging that need for the first or the hundredth time that opens us to receive him. Say all that you need to say to Him about your pain, or the pain you feel for another. Trust that God does not cause your pain, and wants for you to be well. Perhaps yours is a wound that will heal completely; perhaps it will be a wound that does not heal fully, but through which grace will be revealed to you, and be a source of healing of others. I don’t know. It’s a mystery. But this I know: that there is a balm in Gilead to make the wounded whole. There is a balm in Gilead to heal our sin sick souls. There is healing grace, as we open ourselves for the first or the hundredth time to the presence of Jesus in our place of need.

Consider, too, where you may be called now or in the future to be an instrument of healing for someone else, or a source of comfort in suffering. For as St. Teresa of Avila reminds us, Jesus has no physical body here but ours; no hands and feet on earth but ours. Ours are the voices through which he speaks his healing words of love. So never hesitate to speak a healing word. Yours may be the one that Jesus longs for another to receive.

Please pray with me:

Gracious and loving God, we give you thanks for your healing power known to us in Jesus. We also acknowledge how hard and painful the suffering of our human bodies and minds can be, and the mystery of how and when healing takes place. I hold before you all the people gathered in this sanctuary, and ask that you make your healing presence known to them, and to their loved ones, and for everyone in our world that are in pain right now. Allow us to be instruments of your healing. In your time, bring all us safely to that place where there is no more pain or grief. This we ask in Jesus’ name, the one who came to be with us and promised to be with us always. Amen.

Discurso Diocesano 2024 de la Obispa Mariann E. Budde

Discurso Diocesano 2024 de la Obispa Mariann E. Budde

Me dirijo a ustedes en el decimotercer año de mi episcopado y al comenzar el quinto año de nuestro plan estratégico. Este es el tramo final de dos años de un viaje que comenzamos en 2020, invirtiendo intencionalmente recursos diocesanos en áreas de enfoque mutuamente discernidas.

Como ya sabrán por experiencia propia, cualquier proyecto a largo plazo basado en una visión pasa por etapas. Comienza con el entusiasmo inicial de la claridad de la cima de la montaña; luego vuelve a bajar a los valles de la realidad. Lo que sigue es una etapa intermedia marcada por contratiempos y complicaciones imprevistas. En la “parte intermedia” –una expresión acuñada por Scott Belsky para describir lo que él llama “la parte más difícil y crucial de cualquier aventura audaz”1 — cambia tu idea de lo que es posible. Puede ser un momento desalentador y agotador, porque estás trabajando duro y aún no tienes mucho que demostrar. Sientes la tentación de abandonar. Pero si por gracia y con perseverancia sigues adelante, puede surgir una nueva energía, a medida que tus esfuerzos constantes cobran impulso. Trabajas tanto como antes, pero por fin ves el fruto de tu trabajo.

El autor Jim Collins llama a este cambio de energía e impulso “el efecto del volante”, tomando prestada la imagen de un disco de metal muy pesado que gira sobre un eje, una rotación cada vez. Al principio, se necesita todo el esfuerzo para hacer girar el volante una vez. La segunda vez es igual de difícil, y la tercera también. Pero a medida que avanzas, el peso que antes te frenaba empieza a jugar a tu favor. Sorprendentemente, no hay un momento o una cosa que hayas hecho que por sí sola pueda explicar el cambio: el avance se produce a través del resultado acumulativo de innumerables pequeños pasos.

En las Escrituras, este mismo proceso se describe como el fruto de la fidelidad y la virtud de la perseverancia. Es más, las Escrituras enseñan que se produce una transformación espiritual en nuestro interior cuando caminamos por fe hacia una visión que inicialmente no éramos capaces de cumplir. Por la gracia de Dios, nos convertimos en personas capaces de hacer lo que antes era imposible.

Se necesita algo más que valor para seguir adelante; es un trabajo del corazón.

Oro a diario para que el efecto del volante se afiance en la Diócesis de Washington. Dentro de un momento, les recordaré nuestras iniciativas estratégicas, que quizá no conozcan o hayan olvidado. Eso es completamente comprensible, dada la necesaria concentración en sus vidas y en el trabajo que Dios ha puesto ante ustedes.

Así que permítanme comenzar por ahí, por sus vidas y ministerios, con una palabra de gratitud y asombro. Doy gracias por el Espíritu Santo, cuyo poder actuando entre ustedes y a través de nosotros es una maravilla digna de contemplar. Doy gracias a Dios por ustedes, los miembros de este órgano y las comunidades que representan. Es un privilegio estar con ustedes: cada domingo en una congregación diferente, cada mes con los órganos de liderazgo elegidos, cada día reunidos con grupos centrados en preocupaciones específicas, regularmente en servicios de celebraciones y testimonio público, compartiendo comidas y en conversaciones individuales.

Todos los que formamos parte de su personal diocesano sentimos ese mismo sentimiento de gratitud y asombro cuando somos testigos de lo que Dios está haciendo entre ustedes y a través de ustedes, y de su valiente respuesta.

También nos sentimos honrados de estar con ustedes en los momentos más difíciles, cuando experimentan una decepción o una pérdida, se enfrentan a cuestiones dolorosas para las que no hay respuestas fáciles, experimentan un cambio repentino, se reúnen en duelo comunitario, o cuando intentan abordar un sufrimiento tan vasto que cualquier esfuerzo se siente como una gota de agua en el desierto. Gracias por permitirnos acompañarles a través del terreno salvaje. A veces, el camino a seguir pasa por la muerte, cuando el camino de la cruz ya no es una idea, sino nuestra realidad. Incluso allí, Jesús promete estar con nosotros, con la esperanza de la resurrección. Allí, en la comunidad Cristiana, nos ayudamos unos a otros.

 

Cuidar el corazón

El pasaje de la Escritura que me venía a la mente mientras me preparaba para hoy es del Evangelio de Lucas. Es una simple frase introductoria a una parábola, para asegurarnos de que no nos perdemos su significado.

Lucas escribe al principio del capítulo 18: “Entonces Jesús contó a sus discípulos una parábola sobre la necesidad que tenían de orar siempre y no desfallecer.”

La historia que sigue es la de un juez sin escrúpulos agotado por una viuda persistente que no deja de acosarle para que haga justicia contra su enemigo. Me encanta que Jesús cuente una historia escandalosa como forma de animarnos a no desfallecer, a “guardar nuestros corazones”, como está escrito en el Libro de los Proverbios, “porque todo lo que hacemos fluye de ellos.”

Entonces empecé a explorar otros lugares de los Evangelios en los que Jesús habla directamente a nuestros corazones. La víspera de su arresto, Jesús dice a sus discípulos: “No se turbe su corazón. Creen en Dios; crean también en mí”. Había muchas cosas por las que preocuparse aquella noche, como las hay ahora para nosotros. Los discípulos de Jesús no se libran de los problemas. Lo que Él nos da en tiempos de angustia es un pozo más profundo del que beber, una paz que sobrepasa todo entendimiento y un amor que es el antídoto contra la ansiedad y el miedo.

En otro lugar, Jesús advierte contra lo que llama “dureza de corazón”, una imagen que se encuentra en toda la Escritura para describir lo que ocurre cuando nos encerramos en nosotros mismos. La dureza de corazón es una respuesta de supervivencia, una forma de protegernos del dolor de un corazón roto. Aquí Jesús parece estar diciendo que nuestros corazones necesitan romperse de vez en cuando, o corremos el riesgo de convertirnos en piedra. Seguramente, el dolor de este mundo rompe también el corazón de Jesús. En nuestros corazones rotos, unidos a los suyos y a los demás, reside la esperanza de este mundo.

Tengan en cuenta que Jesús casi siempre habla a los discípulos, y a nosotros, colectivamente. No estamos hechos para hacer solos el trabajo del corazón. En esta Convención y después de ella, les pido que nos mantengamos en relación unos con otros, que nos animemos mutuamente y celebremos las alegrias de los demas y nos ayudemos a llevar las cargas de los demas. Hoy escuchemos respetuosamente cuando discutamos asuntos sobre los que no estamos de acuerdo. Cuiden los corazones de los demás y los suyos propios.

 

Discipulado valiente

El tema de esta Convención es el Discipulado Valiente, un reconocimiento de que nuestro tiempo exige valentía en casi todas las esferas de la vida, y que lo que tenemos en común es nuestro compromiso de seguir a Jesús. También tengo presente el recordatorio del Hermano Curtis Alquist de que Jesús nos llama a ser sus discípulos no porque seamos asombrosos. Lo asombroso es la gracia de Dios, que se perfecciona en nuestra debilidad.

¿Qué significa ser discípulo de Jesús?

Esa pregunta surgió repetidamente en las conversaciones a nivel diocesano que condujeron al plan estratégico. Nuestra gente nos dijo que anhelaba un camino más claro de discipulado en la Iglesia Episcopal. Otros cristianos parecen ser mucho mas claros que nosotros, nos han dicho. Decimos muchas palabras en nuestras liturgias, dijeron, pero en la práctica, no sabemos cómo crecer en la fe. A decir verdad, no estamos seguros de querer hacerlo, si cuesta demasiado. Pero ¿qué les decimos a nuestros hijos adultos, muchos de los cuales han abandonado la Iglesia? ¿Que les decimos a los que se unen a nosotros en la adoración como visitantes e invitados? Les damos la bienvenida, o eso creemos, y queremos que sigan viniendo, que participen, que se comprometan, pero ¿cómo hablamos de cuestiones de fe?

En 2024, el discipulado valiente es un objetivo diocesano primordial. Tuvimos un comienzo inspirador cuando casi 40 líderes, laicos y ordenados, se reunieron durante todo un día a principios de enero para compartir ideas y recursos, que son muchos.

Anoche, ciento treinta de nosotros participamos en un encuentro en linea para experimentar Being With [Estar Con], un recurso diseñado para crear un espacio para explorar las cuestiones más profundas de la fe, dirigida por nuestro predicador, James Fawcett.

Dada nuestra diversidad, no existe un único recurso que sirva para nuestras 86 congregaciones. Además, el discipulado no es algo que pueda reducirse a un programa, pues es una forma de vida. Pero hay recursos para ayudarnos que no requieren mucho dinero o capacitación formal. Me atrevería a decir que todos los reunidos en esta Catedral ya son discípulos experimentados, o al menos queremos serlo, y sabemos que el discipulado es un camino que dura toda la vida, simplemente no lo tenemos tan claro como podríamos, no nos tomamos el camino tan en serio como se merece; y no hablamos de ello lo suficiente. Creo que el Espíritu se está moviendo entre nosotros para cambiar eso.

La Rev. Anna Olson, Directora de la Escuela para la Fe y el Liderazgo Cristiana, está liderando nuestro esfuerzo de discipulado, reuniéndose con líderes y recopilando recursos, para que podamos aprender unos de otros. En el tiempo de Pascua, ella y yo pondremos a prueba una experiencia diocesana de Being With [Estar Con] para aquellos que quieran experimentarla. Si el proyecto piloto resulta fructífero, haremos lo mismo con otros recursos de discipulado.

Llevo un rato hablando con ustedes. Tomemos un descanso de tres minutos, durante el cual les invito a compartir un pensamiento o sentimiento acerca de lo que significa para ti ser un discípulo de Jesús.

 

El Plan Estratégico: Revitalizar. Inspirar. Asociar.

Hasta ahora he hablado de un área de enfoque de nuestro plan estratégico: inspirar a nuestra gente a crecer en la fe. Ahora permítanme recordarles el plan en su totalidad.

Las tres palabras más importantes que hay que recordar son:

Revitalizar.
Inspire.
Associar.

Cada palabra encierra una prioridad diocesana fundamental, con objetivos a los que se aspira y esfuerzos específicos. En cada una de ellas, los fieles entre nosotros están trabajando a través de ese proceso de entusiasmo temprano y desordenado medio. Están haciendo girar sus ruedas de inercia, orando por el don del impulso y la fecundidad. Permítanme repasar brevemente cada uno de ellos.

 

Revitalizar nuestras congregaciones para hacer crecer el movimiento de Jesús.

Hay muchos caminos hacia la revitalización, y en toda la diócesis un buen número de nuestras congregaciones están experimentando una energía y una esperanza renovadas.

Como diócesis, llevamos tres años en una iniciativa integral de cinco años conocido como Cuidando Nuestra Tierra con 26 congregaciones de EDOW. El primer grupo de doce congregaciones completará el proceso este año, y las dos cohortes restantes continuarán: una terminará el año que viene y la tercera en 2026.

Hemos aprendido mucho a través de Cuidando Nuestra Tierra, y estamos empezando adaptar sus recursos para un uso más amplio, dividiéndolos en módulos más pequeños, adecuados para los objetivos específicos de aprendizaje de la congregación.

Un paso importante que debemos dar este año, bajo el liderazgo del Comité de Ministerios de la Iglesia Negra establecido y con nuestras congregaciones de habla hispana, es adaptar lo que tenemos o encontar otros recursos adecuados para las particularidades de nuestros variados contextos ministeriales.

La revitalización es un trabajo del corazón lento y constante, que hace girar la rueda. Como escucharemos de varias congregaciones a lo largo del día, el progreso no solo es posible sino que está ocurriendo.

En 2024, también vamos a intensificar nuestra colaboración, bajo el liderazgo permanente de nuestros deanes regionales. El ministerio de los deanes regionales, iniciado en 2020, tiene por objeto fortalecer las relaciones de proximidad geográfica, para que el Espíritu Santo tenga más con qué trabajar entre nosotros. Se trata de lideres con un corazon pastoral para sus colegas. Como parte del plan estratégico, compensamos modestamente a nuestros deanes regionales por su ministerio más allá de sus propias congregaciones.

Tambien estamos preparados para proporcionar mas apoyo diocesano cuando los equipos de congregaciones que quieran experimentar con personal y liderazgo del clero compartidos. En el sur de Maryland, tenemos dos ejemplos de liderazgo clerical compartido, y en el centro del condado de Montgomery, un fructífero ministerio juvenil colaborativo entre tres congregaciones. En los ministerios de equidad y justicia, las colaboraciones están por todas partes. Esto lo sabemos: cada vez es más difícil para muchas de nuestras congregaciones ir por libre. También sabemos que las colaboraciones no pueden forzarse. Sólo funcionan cuando las congregaciones entran en ellas libremente, superando el miedo a la pérdida con un espíritu de aventura.

Uno de los grandes obstáculos para la revitalización es el coste del mantenimiento de los edificios y las propiedades. El año pasado le pedí a Andrew Walter, Canónigo del Ordinario, que investigara y formulara recomendaciones sobre la administración de nuestros edificios, de modo que fueran un activo para nuestros ministerios y no un lastre. Nos hablará esta mañana.

El último esfuerzo de revitalización que mencionaré aquí es nuestro compromiso de plantar nuevas comunidades de adoración, con especial atención a las nuevas generaciones. Hemos empezado a trabajar en serio en Bowie, Maryland, un lugar estratégico con un gran potencial para una nueva expresión de adoración episcopal enraizado en la tradición de la Iglesia Negra.

Al frente de esta iniciativa, conocida como The Well, está la Reverenda Rondesia Jarrett-Schell (cuya cara sonriente pueden ver). Hemos comprometido formación, apoyo y recursos para The Well de un fondo reservado para nuevas comunidades de adoración procedente de la venta de bienes inmuebles diocesanos. Si quieres saber más, o conoces a gente en Bowie que podría disfrutar de estar en la planta baja de una iglesia nueva, habla con Rondesia.

Para resumir, estas son algunas de las ruedas volantes que estamos girando este año para revitalizar nuestras congregaciones: Ampliar el alcance de Cuidando Nuestra Tierra, los esfuerzos de colaboración para una mayor capacidad ministerial, la administración de nuestros edificios y propiedades, y una nueva expresión de adoración episcopal en Bowie, MD.

Pasemos ahora a nuestra segunda prioridad diocesana fundamental:

 

Inspirar a cada persona para que crezca en la fe y equipar a nuestros líderes para que dirijan bien.

El principal motor es la Escuela de Fe y Liderazgo Cristiana. Las iniciativas de discipulado que he mencionado antes no son más que una parte de la Escuela que establecimos en 2020.

Con el levantamiento de las restricciones de Covid, hay una energía renovada para las reuniones en persona para compartir ideas y recursos. Como ya he mencionado, 40 líderes pasaron un día entero juntos discutiendo sobre el discipulado. La semana pasada, 27 líderes de Formación Cristiana de EDOW y de diócesis vecinas pasaron cuatro días juntos en el Centro de Conferencias Claggett.

Tenemos previsto ofrecer mas reuniones de este tipo a escala regional, sobre los temas más útiles para ustedes.

El otro objetivo de la escuela en 2024 es establecer un plan de estudios básico para los líderes de la congregación, con recursos para la mayordomía, la formación de la sacristía, los guardianes y los tesoreros, materiales curados para la planificación de adoración, la preparación para la Confirmación, la educación cristiana y el estudio de la Biblia.

Un ejemplo de recurso seleccionado que hemos puesto a disposición para la Cuaresma es un plan de estudios basado en la adoración sobre la exploración de la fe titulado Wandering Heart: Exploring Faith with Peter [Corazón errante: Explorando la fe con Pedro].

Hasta ahora, once congregaciones se han apuntado a esta oferta piloto. Se trata del tipo de serie de sermones con recursos caseros que otras tradiciones cristianas utilizan con gran éxito.

Permítanme mencionar brevemente varias iniciativas defendidas por la Rvda. Amanda Akes-Cardwell, Misionera para la Formación en la Fe y el Desarrollo.

Bajo su dirección, estamos renovando nuestro compromiso con la pastoral universitaria. En lugar de contratar capellanes diocesanos a tiempo completo o parcial para servir a los campus en solitario, un modelo que no nos ha funcionado bien en los últimos años, ahora concederemos subvenciones a las congregaciones que se sientan llamadas a servir a sus vecinos universitarios. Busque más información sobre las subvenciones en las próximas semanas, o hable directamente con Amanda.

También bajo la dirección de Amanda, un Comité de Visión de la Pastoral Juvenil recientemente nombrado se encarga de poner en marcha ofertas para jóvenes en toda la diócesis que complementen la pastoral congregacional. En su dia fue un rasgo fuerte de la vida diocesana que hemos perdido y que oímos que es necesario. Tambien es imposible organizarlo sin la participación de los líderes de las congregaciones.

Para ello, Amanda está creando una comunidad de apoyo entre los líderes diocesanos de formación en la fe y de jóvenes. Cuando nuestros líderes se conocen y trabajan juntos, lo que antes era imposible ahora es algo que podemos hacer.

Lo último que mencionaré dentro de la prioridad central de inspirar es nuestro compromiso de profundizar las relaciones entre los adultos mas jóvenes de toda la diócesis. Alabado sea Dios, cada vez hay mas jóvenes adultos en nuestras congregaciones. Queremos que se conozcan, asi que estamos creando una red. Periódicamente, invitaremos a jóvenes adultos de todas las congregaciones a reunirse y explorar áreas de la fe. Uno de estos encuentros tendrá lugar en Cuaresma.

 

Asociarse por la equidad y la justicia para lograr un mayor impacto en nuestras comunidades

Nuestra tercera y última prioridad básica es asociarnos en favor de la equidad y la justicia para lograr un mayor impacto en nuestras comunidades.

En el trabajo por la justicia, es obvio que nuestro impacto es mayor cuando trabajamos juntos. Cada día trabajamos mejor juntos, gracias en gran medida a nuestros diez deanes regionales y a nuestro creciente número de diáconos. Ahora tenemos treinta diáconos activos en toda la diócesis, seis candidatos al diaconado que serán ordenados en octubre y seis postulantes al diaconado. El impacto de su ministerio es transformador.

Para que podamos expresar nuestra gratitud, pido a todos los diáconos y diáconos en formación presentes hoy aquí que se pongan en pie, para que podamos expresar nuestra gratitud, junto con su líder, el archidiácono Steve Seely.

Una necesidad identificada en el proceso de planificación estratégica fue la designación de un miembro del personal diocesano dedicado a nuestro ministerio de justicia. El Sr. Rudy Logan desempeña ahora esta función, amplificando el trabajo de quienes sienten pasión por la justicia en toda la diócesis. He aquí algunos de los frutos de nuestros esfuerzos colectivos.

Docenas de congregaciones participan en el ministerio de respuesta a los refugiados, trabajando para acoger y reasentar a quienes han sido arrancados de sus hogares en Afganistán, el Congo, América Central, Venezuela, Ucrania y otros lugares.

En toda la diócesis abundan las iniciativas para el cuidado de la creación, como la reducción de la huella de carbono, el compostaje y el reciclaje, y la plantación de árboles. St. Peter’s en Poolesville será la última en celebrar la instalación de paneles solares.

El Espíritu Santo sigue inspirándonos para abordar necesidades locales como la inseguridad alimentaria. Como ocurre en el sur del condado de Montgomery, una congregación toma la iniciativa e invita a otras a unirse.

En los últimos años, junto con nuestra planificación estratégica, surgió una importante iniciativa de equidad y justicia, gracias a un grupo de líderes clericales y laicos que tomaron la iniciativa de informarse sobre la historia del racismo contra los negros y la supremacía blanca en nuestra diócesis. El pasado mes de enero, esta Convención estableció un Comité sobre Reparaciones Diocesanas y encargó a sus miembros dos tareas distintas: animarnos a todos a profundizar en las historias raciales de nuestras congregaciones y de las comunidades que las rodean; y presentar recomendaciones específicas para las reparaciones en toda la diócesis en 2025. Hoy escucharemos el informe del Comité de Reparaciones Diocesanas y lo que podemos esperar para el próximo año.

Descanso: Hora de la septima entrada. Otra vez. Si te apetece, tomate un momento para compartir un pensamiento o sentimiento sobre lo que he hablado hasta ahora.

 

Respuesta a la crisis

No pusimos “responder a las crisis” en nuestro plan estratégico. Pero cada año se producen crisis en todos los ámbitos de la vida, y simplemente debemos responder. Baste decir que hemos superado varias crisis desde 2020, la más dramática la pandemia de covid.

Ha habido otras crisis, algunas conocidas sólo por los implicados, otras que afectan a grupos más amplios y otras que dominan la escena nacional y mundial.

Cada año, parece que una nueva crisis mundial reclama nuestra atención colectiva. Durante un tiempo, no pensamos en otra cosa. Hace dos años, fue la enorme afluencia de refugiados procedentes de Afganistán; el año pasado, fueron los autobuses que llegaban a diario desde nuestra frontera sur con inmigrantes de todo el mundo.

Este año es la guerra entre el Estado de Israel y Hamás. Aunque hay guerras y crisis humanitarias en otras partes del mundo igualmente dignas de nuestra preocupación, como nación estamos centrados ahora en Oriente Medio. Como cristianos, no podemos evitar sentirnos atraídos por la tierra donde Jesús vivió y murió. Hay más viajes de peregrinación a Tierra Santa desde nuestra diócesis que a cualquier otro lugar del mundo. Muchos de nosotros tenemos amigos íntimos tanto en Israel como en Palestina; apoyamos a la Diócesis Episcopal de Jerusalén. Esta guerra también resuena en nuestro país, con el aumento de incidentes de violencia antisemita y antipalestina, y protestas en nuestras calles y campus universitarios.

Nuestros debates sobre resoluciones pondrán a prueba nuestra capacidad para escuchar distintos puntos de vista sobre la guerra de Israel. También abordaremos una resolución sobre el trato a los inmigrantes que llegan a nuestras comunidades, otro asunto sobre el que discrepan las personas de buena voluntad.

Recuerde que se trata de cuestiones del corazón. Ninguno de nosotros tiene un conocimiento perfecto; estamos informados por nuestras visiones del mundo y fuentes de información, que pueden variar mucho. Confío en que todos se respeten mutuamente y hablen con el corazón. Cuando llegue el momento, voten en conciencia.

Por último, permítanme hablarles de finanzas. Después del almuerzo presentaremos el presupuesto diocesano para 2024. La mayor parte de ese presupuesto se dedica al cuidado continuo de las congregaciones y sus líderes. Los que formamos parte del personal diocesano pasamos nuestros días atendiendo asuntos de discernimiento vocacional para aquellos que exploran una llamada al ministerio ordenado; la formación, equipamiento, colocación y cuidado pastoral del clero; el apoyo a los líderes laicos en tiempos de transición del clero; y la atención a las congregaciones y el apoyo en situaciones de crisis. Proporcionamos asistencia financiera, administrativa y de relaciones humanas, así como una comunicación oportuna y clara. El presupuesto apoya el liderazgo de su obispa y su equipo. Como diócesis, pagamos nuestra cuota del 15% a la Iglesia Episcopal en general y apoyamos económicamente a la Provincia a la que pertenecemos.

En 2020, sabíamos que la aplicación del plan estratégico requeriría recursos adicionales, y tuvimos la bendición de recibirlos en forma de una subvención de la Fundación Lilly, y un legado destinado específicamente a la educación. Como ya he mencionado, la financiación inicial de la plantación de la iglesia de Bowie proviene de los fondos reservados para ese fin.

En 2020, también estábamos en el camino de reducir nuestro uso del mayor fondo fiduciario que apoya el presupuesto operativo diocesano, el Fondo Soper, a medida que más de nuestras congregaciones avanzaban hacia un diezmo del 10%. Esto, a su vez, nos permitió crear un programa de Subvenciones para el Crecimiento Congregacional a partir de los ingresos del Soper. Con el avance de las congregaciones hacia el diezmo, anticipamos la plena financiación de nuestras prioridades estratégicas.

Cuando la pandemia de Covid amenazó la estabilidad financiera de nuestras congregaciones, destinamos todos los recursos diocesanos que pudimos a la ayuda del Covid a las congregaciones, y ya no pedimos a las congregaciones que siguieran dando el diezmo. Muchas de hecho, han reducido sus ofrendas diocesanas o se han mantenido en un porcentaje más bajo de ofrendas. Aunque algunas están experimentando un repunte de su salud financiera y han vuelto al diezmo del 10% o se están acercando a él, todavía son minoría. El descenso de las donaciones de las congregaciones ha obligado a recortar algunos gastos, incluidas, por ahora, las subvenciones para el crecimiento congregacional que pudieron fortalecer a las congregaciones durante los duros años de la pandemia. Cuando lleguemos al final de la financiación externa, tendremos que tomar decisiones.

El Consejo Diocesano votó este otoño para establecer un grupo de trabajo para tener una conversación valiente sobre el dinero y el tipo de ministerio diocesano que mejor le servirá en el futuro. Sobre esto nos hablará próximamente la Rvda. Jessica Hitchcock, miembro del Consejo Diocesano. No hay nada que hacer hoy; pronto aceptaremos solicitudes para formar parte de ese comité.

 

Conclusión

Permítanme concluir como empecé, con palabras de gratitud por el honor de servir como su obispa. Con toda la autoridad persuasiva que tengo, los insto a que cuiden sus corazones y su relación con Jesús, e inviten a otros a unirse a ustedes. Como Evelyn Underhill le recordó una vez al arzobispo de Canterbury, nuestra relación con Dios es lo más interesante de nosotros. La forma en que vivimos como seguidores de Jesús está en el corazón de todo, y lo que quedará de nuestro legado mucho después de que los que estamos aquí reunidos seamos uno.

Si hay algo que sé acerca de la Diócesis de Washington es que tenemos un gran impacto para el bien en este mundo. Por esa razón, estoy convencida de que el crecimiento en la capacidad para el ministerio es el futuro preferido de Dios para la Iglesia Episcopal, no por el bien de los presupuestos y los edificios, sino por las vidas que el amor de Jesús puede tocar cuando le damos al Espíritu más para trabajar a través de nosotros. También soy consciente de que, en la vida y en el ministerio, debemos enfrentarnos al sufrimiento y a la muerte, y depositar nuestra confianza en la promesa de resurrección de Jesús. Ese es el discipulado más valiente de todos.

Estoy agradecida por renovar mi compromiso de seguir a Jesús junto a ustedes. Oro para que esten inspirado a hacer lo mismo. Podemos ayudarnos unos a otros escuchando las palabras de Jesús para orar siempre y no perder el corazón. Siempre que tu volante se sienta demasiado pesado, recuerda que no estás solo. Estamos en la obra del corazón de seguir a Jesús juntos. Y que tu obispa te ama más de lo que sus palabras pueden transmitir.

1Scott Belsky, The Messy Middle
Vea el discurso de la obispa en la convención
Descargue el PDF con enlaces a los recursos que la obispa Mariann mencionó en su discurso.