Establecer una Intención para el Verano

Establecer una Intención para el Verano

Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo. . .
Eclesiastés 3:1

Para los que vivimos en el hemisferio norte, el verano es una estación en sí misma: tres meses de luz solar prolongada que altera drásticamente nuestro sentido del tiempo. En el calendario cristiano, nuestros meses de verano coinciden con lo que la Iglesia Episcopal llama simplemente Después de Pentecostés, y que nuestros amigos Católicos Romanos describen más poéticamente como Tiempo Ordinario. Es un período largo sin una gran fiesta cristiana, durante el cual se nos invita a experimentar la presencia de Cristo a nuestro alrededor y a detenernos en sus enseñanzas.

En una reciente visita a una parroquia, invité a los reunidos en el foro dominical a considerar las semanas entre el Día de los Caídos y el Día del Trabajo como una estación distinta en su vida. Les pedí que recordaran lo que sabían que les esperaba en los meses de verano y lo que anhelaban que pasara. Incluso para aquellos cuya rutinas de trabajo no cambia, dije, parece que tenemos más tiempo en verano, y la posibilidad de la aventura. Para muchos, la rutina y el ritmo del tiempo cambian drásticamente, dejando espacio para las cosas que traen alegría.

Varias personas mencionaron el trabajo en el jardín y otras actividades relacionadas con el verano que les encantaban. Otros hablaron de viajes planeados, reuniones familiares e hijos en edad universitaria que regresan a casa. Había ligereza y risas en el salón.

El tono cambió cuando una persona compartió que el verano sería un tiempo de sanación tras una operación y el posterior tratamiento contra el cáncer. Ante un reciente despido, otra dijo que pasaría el verano buscando trabajo. Reconocimos los acontecimientos dramáticos que pueden ocurrir en cualquier momento: el nacimiento de un hijo, los diagnósticos inesperados, las muertes prematuras y las responsabilidades vitales que permanecen, independientemente de la estación.

Hay oportunidades únicas para el ministerio en verano, dije. Muchas congregaciones ofrecen programas para los niños que no van a la escuela, o aprovechan la oportunidad para viajes misioneros o ampliar el servicio local. En el trabajo continuo de prevención de la violencia armada, los meses de verano pueden ser intensos, y una de las iglesias que admiro, Peace Fellowship en el sudeste de DC, se dedica a caminar su vecindario en un ministerio de presencia. La inseguridad alimentaria también aumenta para muchas familias, y las congregaciones de toda la diócesis están intensificando sus esfuerzos para enfrentar esta necesidad.

Me hice, entonces, la pregunta que mi director espiritual jesuita a veces me hace: ¿qué intención podría establecer para la próxima temporada y por qué gracia podría orar para recibir del Espíritu Santo durante este tiempo? Imagínese en septiembre, mirando hacia atrás. ¿Qué esperaría poder decir sober el crecimiento o la sanación que experimentaste este verano? ¿Qué ofrenda pudiste hacer y cómo aumentaste en amor?

El salón se quedó en silencio mientras todos reflexionábamos sobre lo que teníamos ante nosotros.

Les ofrezco la misma invitación a ustedes. Consideren la estación de la vida que tienen ante ustedes, como quiera que la midan. En un momento de silencio, o en una conversación íntima con una persona de confianza, fije sus intenciones y pida la gracia que necesita.

Tenga en cuenta que fijar una intención no es lo mismo que un plan de superación personal. Más bien, es un deseo expreso de fijar su mirada en una luz que le guíe, y de mantener su enfoque ahí. No hay fracaso en establecer una intención, porque reconoce nuestra humanidad y todo lo que escapa a nuestro control. Una intención es una forma de poner el deseo de nuestro corazón en manos de Dios y pedir la gracia de vivir de acuerdo con ese deseo, sin importar el resultado. Nos ayuda a colocar nuestros deseos en el orden adecuado, como diría San Agustín, para que tengamos presentes las cosas que más importan.

Si asiste a la iglesia este domingo, escuchará dos pasajes de las Escrituras especialmente inspiradores para tener en cuenta en el umbral del verano: la primera historia de la Creación relatada en el Libro del Génesis, y las últimas palabras del Jesús Resucitado a sus discípulos mientras asciende al cielo, recogidas en el Evangelio de Mateo.

La historia de la Creación nos recuerda que Dios ve este mundo y todo lo que hay en él como esencialmente bueno, y que todos hemos sido creados a imagen de Dios. No podemos negar todo lo que funciona en contra de esa bondad esencial, incluyendo nuestros propios defectos y pecados, pero la bondad sigue siendo nuestro derecho de nacimiento y nuestra bendición. El pasaje también incluye la creación por Dios del día de reposo, una suave exhortación para que establezcamos ritmos de descanso, un recordatorio bienvenido en cualquier momento.

Las palabras finales de Jesús son de reafirmación de su presencia: ¡Recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

Que este verano, sin importar como se desarrolle, le brinde oportunidades para saborear y apreciar las bendiciones de la creación de Dios, para vivir plenamente la vida que se le ha dado, para hacer contribuciones significativas a los demás y para descansar. Recuerda que has sido creado a imagen de Dios y que Jesús estará contigo, dondequiera que vayas.

Decidir Quedarse

Decidir Quedarse

Decidir QuedarseEl siguiente pasaje –sobre lo que puede ocurrir cuando decidimos quedarnos– comienza el capítulo dos de Cómo Aprendemos A Ser Valientes, por la Obispa Mariann.

Ian Bedloe es el protagonista de diecisiete años de la novela de Anne Tyler de 1991, Saint Maybe (Santo Talvez). El se culpa de la aparente muerte por suicidio de su hermano mayor, Danny, y de las tragedias familiares posteriores. Una noche, mientras vagaba por las calles de su ciudad natal, Baltimore, Ian ve un letrero de neón en la vitrina de una tienda: “Iglesia de la Segunda Oportunidad”. Él ocupa su lugar entre un pequeño grupo de almas heridas y se escucha a sí mismo contándoles la muerte de su hermano y su sentimiento de culpa. El ministro, el Reverendo Emmett, un joven amable pero espiritualmente intransigente, asegura a Ian que el perdón es posible, siempre que expíe sus pecados. Así que Ian decide abandonar los estudios y aceptar un trabajo de servicio para ayudar a mantener a los hijos de su hermano. Pasan los años mientras va a trabajar cada día, cuida de su familia y es un miembro fiel de la iglesia. Aún así, el perdón que anhela se le escapa y empieza a cuestionarse las decisiones que ha tomado.

Sintiendo que Ian está preocupado, el Reverendo Emmett se ofrece a acompañarle a casa desde la iglesia un domingo por la tarde. Mientras caminan, todas las frustraciones de Ian brotan de él. “¡Siento que estoy desperdiciando mi vida!”, grita. El Reverendo Emmett se detiene y se vuelve para mirar directamente a los ojos de Ian. “Esta es tu vida”, le dice suavemente. “Apóyate en ella. Considera tu carga como un regalo. Es el tema que se te ha dado para trabajar. Esta es la única vida que tendrás”.

Dado el drama, la adrenalina y la energía exterior que implica la decisión de irse o quedarse, puede sentirse atrapado. Sin embargo, la decisión de quedarse también puede ser valiente y tener consecuencias. Tomar esa decisión, sobre todo cuando existen razones de peso para marcharse, implica una lucha interna similar y una sensación de crisis creciente, que conduce a un momento decisivo, tan fuerte como la decisión de irse. Pero ahí acaba la similitud, porque al decidir quedarnos, elegimos profundizar en la vida que ya tenemos.

Dado que el llamado a partir se asocia legítimamente con el lado aventurero de la valentía, elegir quedarse puede parecer que nos conformamos con menos. Sin embargo, la profundidad, fruto de la estabilidad, es esencial para una vida madura y para nuestra capacidad de marcar una diferencia duradera en la vida de los demás. Al elegir quedarnos, reconocemos que hay más en juego que lo que sentimos o queremos. Aprendemos que hay más de una forma de vivir una vida valiente y que algunas de las decisiones más valientes que tomamos son las que nadie ve.

Leí por primera vez Saint Maybe (Santo Talvez) en una época en la que yo, no mucho mayor que Ian, luchaba con lo que significaba permanecer en mi propia vida. Las palabras del Reverendo Emmett a Ian me parecieron las palabras de Dios para mí: “Esta es tu vida. Quédate donde estás”. Hasta entonces, mi vida se había definido en gran medida por el ir –moverme de un lugar a otro, saliendo de un mundo y entrando en otro, aprendiendo a ser valiente ante lo desconocido. Ahora tenía treinta y pocos años, estaba casada, tenía un hijo de tres años y un recién nacido, y trabajaba a tiempo completo en un empleo que se suponía que debía amar. Lo amaba la mayor parte del tiempo, y amaba la mayor parte de mi vida, lo que hacía difícil reconocer o hablar de cómo me sentía. Conduciendo por las calles de Toledo, Ohio, cantaba una canción de Nanci Griffith que sonaba en la radio. Estoy trabajando en un vuelo por la mañana a cualquier sitio menos aquí, y deseaba que la letra de la canción fuera verdad.

Ahora veo que mi lucha interna era un llamado a aceptar y experimentar el don y el costo de la estabilidad. Ha sido un tema recurrente, cada vez que lucho con un llamado a quedarme. He tenido que aprender, una y otra vez, que la fidelidad no consiste siempre en dar grandes saltos, sino también en caminar con pequeños pasos, y que es posible marcar una diferencia duradera en el mundo, ocupándose de un pequeño rincón del mismo.

Un pronóstico de esta realización llegó en nuestro primer año de matrimonio, cuando mi esposo, Paul, y yo lo pasamos en Honduras, trabajando en una escuela para niños empobrecidos. Al principio parecía como si hubiéramos adquirido un enorme compromiso. Sin embargo, a medida que nuestro tiempo allí llegaba a su fin, me di cuenta de que quienes dedican su vida a servir de esa manera eran los que podían tener un impacto transformador para bien. Regresé a Estados Unidos con el deseo de ser ese tipo de persona, pero también sintiendo que nada en mi vida me había preparado para la disciplina que ello requeriría.

El matrimonio, la paternidad y el ministerio parroquial se convirtieron en mis maestros, cada uno representando un pequeño mundo del que era responsable, cada uno valorando la estabilidad por encima del cambio y la constancia por encima de la excitación que yo ansiaba. Al no saber con quién hablar, encontré consuelo y orientación en los libros. Pedacitos de sabiduría venían a mí, manteniéndome con los pies en la tierra cuando quería volar.

How We Learn to Be Brave (Cómo Aprendemos A Ser Valientes*), de Mariann Edgar Budde, sale a la venta el martes, 23 de mayo. Únase a ella esa tarde a las 7:00 pm en la Catedral Nacional de Washington para una conversación con el Canónigo historiador Jon Meacham, seguido de una firma de libros y una recepción. Inscríbase ahora.

*Por ahora, el libro sólo estará disponible en inglés y esperamos que algún día haya una versión en español.

Contigo Todo Este Tiempo

Contigo Todo Este Tiempo

Jesús le dijo: “Hace ya tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y tú, Felipe, no me has conocido?”
Juan 14:9

En nuestra reunión de personal diocesano de esta semana, comenzamos con una reflexión comunitaria sobre el pasaje del Evangelio que escucharán, si asisten a una Iglesia Episcopal el domingo.

Nos habíamos reunido para bromear y tardamos un rato en tranquilizarnos. Por fin leemos en voz alta el texto que comienza diciendo:

“No se angustien ustedes. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchos lugares donde vivir; si no fuera así, yo no les hubiera dicho que voy a prepararles un lugar. Y después de irme y de prepararles un lugar, vendré otra vez para llevarlos conmigo, para que ustedes estén en el mismo lugar en donde yo voy a estar. . . ” Juan 14:1-3

El grupo se quedó en silencio.

Estas son las palabras de despedida de Jesús, dirigidas a sus discípulos mientras comparten la última cena. Durante tres capítulos del Evangelio de Juan, Jesús les dice todo lo que quiere que sepan y tengan la seguridad de que se prepara para partir, y lo que espera que recuerden. Como en todo el evangelio de Juan, son también palabras para nosotros, escritas para que “ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él.” (Juan 20:31)

En silencio, compartimos por turnos una palabra o frase que nos llamaba la atención. Observamos que en trece versículos la palabra creer se repite cinco veces: Cree en Dios. Cree también en mí. Ante la inquietud de un discípulo, Jesús responde: “¿He estado contigo todo este tiempo, Felipe, y todavía no me conoces?”.

Me encontré pensando en la facilidad con la que puedo perder la confianza en mi relación con Jesús, sobre todo cuando siento que le he fallado, o cuando lo que sea a lo que me enfrento parece insuperable, o cuando el dolor del mundo es demasiado para soportarlo.

Incluso ahora, nada menos que como obispa, sigo necesitando que me recuerden que creo, es decir, que confío en Jesús. Recordar cómo Él ha estado conmigo en el pasado me ayuda a poner mi confianza en Él ahora.

Hace años, asistí a un retiro de liderazgo en el que se nos pidió que consideráramos el arco de nuestras vidas y cómo Dios podría estar llamándonos a servir en el futuro. Recuerdo que estaba sentada sola y no quería pedirle a Dios que me guiara. Me di cuenta de que tenía miedo de que Dios me pidiera que hiciera algo que no podía hacer o, peor aún, que no quería hacer. ¿Sería como el joven rico que prefirió sus posesiones a la invitación de seguir a Jesús? (Mateo 19:21).

Mientras luchaba, Jesús respondió a la oración que yo temía orar con una palabra que me tranquilizó: “Lo sé todo de ti. Conozco tus debilidades, tus pecados y tus miedos. Puedes confiar en mí. Me sentí vista y amada por lo que era. Jesús había estado conmigo todo el tiempo. Cualquiera que fuera el llamado en el futuro, tendría en cuenta quién era yo, con todos mis dones y defectos. Podía confiar en él.

Confiar en Él no significa que no tengamos que arrepentirnos y apartarnos del pecado, ni que todo vaya a salir como esperábamos, ni que Él nos libre de la tristeza y el dolor. Pero en la confianza, podemos permitir que Él nos ayude a enfrentarnos a nuestro pecado, y experimentar que Él nos lleva a través de los momentos más desafiantes y desgarradores. En retrospectiva, nos damos cuenta de que, en los momentos en que nos sentimos más perdidos y solos, o atrapados en las formas de ser nosotros mismos de las que estamos menos orgullosos, Él ha estado con nosotros todo el tiempo.

En tus momentos de tranquilidad de esta semana, te invito a que mires atrás en tu vida. Trae a tu memoria tus recuerdos más sagrados: cuándo te sentiste más vivo o esperanzado, o cuándo Dios pareció aparecer para ti de una manera poderosa. Deja que el recuerdo de esos momentos te infunda valor ahora y te ayude a confiar en Dios. Recuerda también algunos de los momentos más duros de dolor, decepción o arrepentimiento, y cómo los superaste y qué aprendiste.

El que estaba contigo entonces, está contigo todavía. Así que no dejes que tu corazón se turbe. Cree en Dios. Cree en Jesús. Él ha estado contigo todo este tiempo y no va a dejarte ahora.

Caminando en dolor y resolución

Caminando en dolor y resolución

Jesús les preguntó: ¿De qué van hablando ustedes por el camino?
Lucas 24:17

En la iglesia este domingo, escucharemos la historia de dos de los discípulos de Jesús que, en su dolor por la muerte de Jesús, se sintieron obligados a dar un largo paseo.

A veces el dolor también nos impulsa a caminar.

El 17 de abril, me uní a una procesión de dolientes que recorría las calles de Nashville, Tennessee. Íbamos encabezados por una estudiante que llevaba el ataúd de un niño, y otras personas llevaban otros ataúdes detrás de ella, cada uno representando a uno de los niños y adultos asesinados en la Escuela Cristiana Covenant. Nos dirigimos lentamente desde una iglesia del centro hasta el edificio del Capitolio del estado. Algunos entre la multitud llevaban pancartas en las que se leía: “Protejamos a nuestros hijos”.

El Obispo William J. Barber II, líder de Reparadores de la Brecha, invocó la memoria de Mamie Till-Mobley, quien insistió en que el mundo viera el cuerpo mutilado de su hijo adolescente tras haber sido torturado y linchado en Mississippi. “Necesitamos que nuestros líderes electos vean lo que su inacción voluntaria ha provocado”, dijo Barber, mientras se colocaban los ataúdes en la escalinata del capitolio.

Éramos clérigos, estudiantes, profesores y sobrevivientes, reunidos para expresar nuestro dolor por el número incontrolado de muertes causadas por la violencia armada y renunciar a la mentira de que no se puede hacer nada para evitar la matanza diaria.

No hablamos mientras caminábamos. Muchos contenían las lágrimas. Cantamos cantos espirituales de tranquila determinación:

No me siento cansado de ninguna manera,
he llegado demasiado lejos desde donde empecé.
Nadie me dijo que el camino sería fácil,
no creo que me haya traído hasta aquí para abandonarme.

En la escalinata del Capitolio escuchamos a aquellos cuyas vidas habían cambiado para siempre a causa de la violencia armada.

La madre de un estudiante de la escuela Covenant describió el terror del 27 de marzo, la agonía de la espera en el centro de reunificación familiar y los gritos maternales cuando supo que su hijo estaba entre los muertos. “El trauma nunca nos abandonará”, lloró. “Alumnos del tercer grado vieron los cuerpos de sus compañeros destrozados”.

Otro hombre habló de su hermano, asesinado por otros conductor con una pistola mientras conducía. En Tennessee es legal conducir con un arma cargada, incluso sin un permiso expedido por el estado para poseerla o portarla. “Si las indulgentes leyes sobre armas protegieran a la gente, estaríamos entre los estados más seguros”, dijo. “Pero tenemos uno de los índices más altos de muertes por arma de fuego”. Y tiene razón. Tennessee ocupa el puesto 11 del país.1

Una madre describió los simulacros de tiroteos activos en la escuela de sus hijos. “Les dicen que se agachen en la oscuridad y se queden quietos como ratones. A los inquietos se les dan caramelos para que se queden quietos. Les pedimos que ensayen su muerte”.

Los tres obispos episcopales de Tennessee, en su declaración escrita, instan tanto a la oración como a la acción en respuesta a las muertes por arma de fuego en su estado:

Oremos para que nuestros legisladores estatales actúen ahora para encontrar y recorrer juntos un camino, promulgando una legislación que adopte normativas sobre armas de fuego con sentido común. Pedimos que nuestros legisladores den a nuestras comunidades las herramientas necesarias ahora, para asegurar que los niños de Tennessee puedan jugar seguros en nuestras calles, y crecer hasta ser ancianos, sin el temor diario de que los actos de violencia con armas de fuego sean imposibles de detener.2

A veces parece como si fuera imposible detener la violencia armada. El lunes caminé con el corazón roto con otras personas que se niegan a perder la esperanza. Juntos recordamos cómo Jesús camina con nosotros en el dolor y nos capacita para actuar de manera que traigamos vida y sanación a nuestro mundo.

Algún día, las generaciones futuras recordarán este período de nuestra nación como recordamos la horrible época de los linchamientos públicos, cuando las multitudes se reunían para vitorear mientras hombres, mujeres y niños eran brutalmente asesinados, y los líderes electos insistían en que no se podía hacer nada. Algún día otros recordarán esta época como nosotros nos avergonzamos de las leyes que perpetuaron Jim Crow. Mucha gente de aquella época creía la mentira de que la segregación racial no sólo no debía cambiar, sino que, de hecho, estaba ordenada por Dios.

Era mentira entonces, y lo es ahora, que nada pueda impedirnos cambiar lo que debe cambiarse. El camino es largo y el dolor es real. A veces el dolor nos impulsa a caminar, y sacamos fuerzas unos de otros. Jesús se encuentra en el camino y nos ayuda a seguir caminando lejos, de la muerte hacia la vida.

El cambio llegará. Cuántos niños deben morir antes, depende de nosotros.

La Obispa Mariann forma parte de la red nacional de Obispos Unidos contra la Violencia Armada. Su reunión anual tendrá lugar en St. Mark ‘s, Capitol Hill, los días 17 y 18 de mayo. Si desea asistir a las sesiones que abordarán la violencia en el vecindario aquí en nuestras ciudades y comunidades, póngase en contacto con ella.

1“Tennessee is Among the Worst States for Gun Violence,” Linda Sullivan, guest column in The Tennessean
2Tennessee’s Three Bishops Issue Moral Monday Statement, The Episcopal Diocese of East Tennessee website

Porque Él Vive

Porque Él Vive

Muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra del sepulcro había sido quitada.
Juan 20:1

En una de esas pequeñas tiendas especializadas en regalos extravagantes, examiné la exhibición de tarjetas de felicitación y me encontré con una tarjeta de Pascua. En el frente había una representación del Jesús resucitado de pie delante de sus discípulos. La leyenda decía: “Está bien, todos, aclaremos la historia. ¡Lo último que necesitamos son cuatro relatos diferentes de la Resurrección!”

Me hizo reír, como sólo puede hacerlo la sátira religiosa. Porque eso es exactamente lo que tenemos en las Escrituras: cuatro versiones de lo que ocurrió la mañana de Pascua. Varían significativamente en los detalles, pero son singulares en la proclamación: Jesús resucitó de entre los muertos.

En realidad, nadie ve su resurrección. Los primeros testigos aparecen en escena después del propio acontecimiento, y lo que ven al principio es nada en absoluto: una tumba vacía. Luego, en una serie de encuentros, primero con las mujeres y luego con los hombres, Jesús se les aparece, no resucitado para continuar como antes, sino presente de forma mística y misteriosa. Primero en el huerto, luego en el camino de Emaús y, por último, en una habitación superior, donde algunos discípulos se escondían con miedo.

“Vuelve a Galilea”, dicen otros mensajeros a los discípulos. “Vuelve a donde empezaste con Él”. Cuando lo hacen, Jesús se les aparece en la ladera y a lo largo de la orilla del mar de Galilea. Lo ven, hablan con Él, se encuentran con Él una y otra vez, y cada vez sienten su presencia, su perdón y su espíritu fortalecedor, que les permite vivir con valentía y amor.

Era una proposición tan inverosímil entonces como lo es ahora, y tan fácilmente refutable como cualquier cosa que yo pudiera decirte sobre por qué la resurrección de Jesús me importa.

Pero aquí va: Yo también le he visto y he sentido su presencia en mi vida, no todo el tiempo y no sin largos periodos de vacío, pero sí con la suficiente frecuencia y constancia como para confiar en que Él es real. He sentido Su gracia y Su perdón en los momentos en que menos los merecía.

No soy inmune a la duda, y lucho por creer ante el sufrimiento del mundo tanto como cualquiera. Sin embargo, Jesús sigue apareciendo, dándome a conocer su presencia en la oración y cuando leo la Biblia, en las innumerables gracias de cada día y, sobre todo, en los ejemplos de sus seguidores, cuyo testimonio me deja sin aliento.

No me interesan los tópicos cristianos que pasan por alto la angustia de la experiencia humana cuando ocurre lo peor. Afortunadamente, Jesús tampoco. Lo mejor que puedo entender es que Su respuesta a esa angustia no es quitarla (ojalá fuera así), sino entrar de lleno en ella y asegurarnos que no tendrá la última palabra. Acepto esa promesa por fe y me aferro a ella incluso cuando, especialmente cuando, las evidencia sugiere lo contrario.

Recientemente me preguntaron en una entrevista de podcast qué me da esperanza. Es una pregunta para no responder a la ligera. Lo que recuerdo haber dicho fue algo así: “La esperanza, para mí, viene como un don que no puedo explicar fácilmente y que no puedo evocar por orden. Por otra parte, la esperanza es también una práctica espiritual. Necesito buscarla activamente, pasando tiempo con quienes encarnan la esperanza en las situaciones más desesperadas. Necesito pedirla en la oración, y llenar mi corazón y mi mente con lo que me da esperanza.

Es demasiado fácil ser cínico, dije. Tener esperanza requiere esfuerzo. Eso es lo que significa para mí seguir a Jesús: volver mi mirada hacia Él, detenerme en su vida y sus enseñanzas, y aprender a confiar, como tantos han hecho antes que yo, en que Él está con nosotros y nos apoya. Es especialmente importante que acuda a Él cuando mi esperanza se ha desvanecido. Cuando, por gracia, llega Su consuelo, la esperanza vuelve a ser el don que es, y se me dan fuerzas para seguir adelante. He aprendido que puedo recorrer un largo camino con retazos de esperanza, y que su alegría es real.

En la mañana de Pascua, pase lo que pase, los que seguimos a Jesús, aunque sea imperfectamente, nos levantaremos para decir en una sola voz: ¡Aleluya, Cristo ha resucitado! Como nos recuerda el salmista: “Aunque la noche se consuma en llanto, de mañana llega la alegría”. O en palabras de la poetisa Gwendolyn Brooks: “Aunque no estés preparado para el día, no siempre puede ser de noche”.

Porque Él vive, la esperanza no puede morir. Porque Él vive, nosotros también podemos, con valor y amor. Porque Él vive.