Cuando fui a ustedes, hermanas y hermanos, para anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con palabras elocuentes ni sabias. Más bien, al estar entre ustedes me propuse no saber de ninguna otra cosa, sino de Jesucristo, y de éste crucificado.
1 Corintios 2:1–2
Si tu fe tiene una cruz en el centro, entonces en el centro de tu fe está el sufrimiento, no como una abstracción, sino real, tan real como huesos que se quiebran y músculos que se desgarran, tan real como corazones rotos y sueños destrozados.
Esta fe tuya, con la cruz en el centro, no está separada del dolor que padeces en el cuerpo, la mente y el espíritu, ni del dolor que experimentas al ver el sufrimiento de otros, un dolor que, si pudieras, asumirías por ellos.
Esta fe tuya, con la cruz en el centro, está puesta en un Dios que no es indiferente al sufrimiento, sino que está en medio de él, contigo y por ti, y por todas las personas que han sufrido o están sufriendo ahora. Tu Dios comprende el dolor del sufrimiento que no solo soportas en esta vida, sino también el que causas. La cruz lo abarca todo.
Si tu fe tiene una cruz en el centro, entonces en el centro de tu fe está también la política—no el partidismo como lo conocemos, sino una sobria comprensión de las formas en que los seres humanos usan y abusan del poder colectivo.
Minimizar la dimensión política de la cruz es pasar por alto el hecho de que quienes gobernaban el Imperio Romano en Jerusalén percibieron a Jesús como una amenaza suficiente para crucificarlo, una forma de ejecución reservada para insurrectos y esclavos fugitivos.
Así, el camino de la cruz no se ocupa solamente de lo que está más allá de este mundo, sino también de la visión de Dios para este mundo. No es un camino que recorramos en solitario, en busca de nuestra salvación personal. Es una jornada colectiva, que nos compromete a vivir con fidelidad a esa visión de justicia, misericordia y amor que Dios ha sembrado en nuestros corazones. La cruz nos recuerda el precio que a veces debemos pagar por la visión que se nos ha confiado.
La cruz también sostiene todo eso.
Si tu fe tiene una cruz en el centro, entonces en el centro de tu fe está el amor sacrificial. Jesús amó a sus amigos y a quienes le seguían con un amor intenso y fiel, incluso cuando lo negaron y lo traicionaron. Por amor, Jesús sacrificó cualquier clase de vida que pudiera haber tenido por aquello que todos podrían llegar a tener.
Recuerda que Jesús murió siendo un hombre joven. Y si él era, como profesamos los cristianos, Dios, o aquel en quien habitaba la plenitud de Dios, entonces renunció a todo lo que esa plenitud pudiera significar para vivir y morir en solidaridad con quienes son rechazados y despreciados, con quienes aún no saben que son amados por Dios, con todos nosotros atrapados en las ansiedades e incertidumbres de la vida humana. Se despojó a sí mismo, dicen las Escrituras. Lo dio todo y lo hizo por amor.
El camino de la cruz es sacrificial. Nos cuesta algo, aunque sea simplemente estar presentes ante él, despiertos y atentos a todo lo que sucede, y responder con lo que tengamos para ofrecer.
El camino del amor es sacrificial; lo sabemos. Amar nos cuesta; ser fieles a una visión que otros aún no ven nos cuesta; buscar amar a otros como Dios nos ama nos cuesta, de maneras grandes y pequeñas. ¿Cómo podría ser de otra manera?
Ante la cruz, ¿cómo podríamos ofrecer algo que no nos cueste nada?
Si tu fe tiene la cruz en el centro, ten la certeza de que pasarás no solo este fin de semana, sino el resto de tu vida, luchando por comprender lo que la cruz significa. A lo largo de los siglos, las personas han interpretado su significado a través del prisma de su experiencia y entendimiento, y nosotros no somos la excepción.
La cruz es nuestro símbolo central, uno que puede sostener una amplia gama de significados y ofrecer distintas perspectivas con el tiempo. En otras palabras, es posible que la cruz signifique algo diferente para ti este año en comparación con el anterior. Quizás refleje con demasiada claridad lo que estás viviendo en este momento, o tal vez no parezca decirte nada en absoluto. Pero no menosprecies la cruz ni a ti mismo diciéndote que solo tiene un significado que debes aceptar o rechazar.
Si tu fe tiene la cruz en su centro, entonces ese es también tu centro. A partir de esta noche, Jueves Santo, y hasta la mañana de Pascua, nos reunimos como cristianos para caminar con Jesús hacia la cruz, contemplar su significado, vernos a nosotros mismos a través de su prisma y esperar su promesa de resurrección.
Es nuestro momento de sostener la cruz de Jesús junto a la realidad de nuestras vidas y del mundo en que vivimos, y preguntarnos: ¿Qué amor, tan costoso y tan maravilloso, es este?
